Historias varias (Trampón, "el Brujo de Bargota", "El Gran Alamán"...)




  • El "Brujo de Bargota".

    Era un clérigo, nigromante y aventurero que vivió en Bargota durante la segunda mitad del siglo XVI y su nombre real era Joanis o Ioannes Mellado. Nació en la localidad riojana de Rincón de Soto, y hay quien dice que su madre fue bruja y que asistía a los aquelarres que se celebraban en los llanos sorianos de Barahona.

    Estudió en Salamanca, donde alternó el Trivium y el Quadrivium con otras enseñanzas que se impartían en la famosa cueva de San Cipriano donde se asegura que daba clases el mismo diablo.

    Al terminar sus estudios (tanto los oficiales como los prohibidos) Ioannes se estableció de clérigo en la parroquia de este pueblo navarro, un beneficio que le correspondía en tanto que era el segundo hijo de su familia. Y aquí ejerció sus oficios, el sacerdotal y el hechiceril, sirviéndose de las enseñanzas que había adquirido, aunque nunca los empleó para hacer daño a nadie.

    Cuentan de él que sus feligreses dejaban a menudo de verlo desde la tarde del sábado hasta el domingo a la hora de la misa, en la que aparecía sudoroso y resollante, como si hubiera recorrido un largo camino. En ocasiones al llegar, se sacudía la nieve antes de entrar para asistir a los oficios religiosos que se celebraban en la iglesia de Santa María de Viana, aunque fuera pleno verano, quejándose de los fríos que soplaban por los Picos de Urbión y los Montes de Oca, que se encuentran a varias leguas de allí y de los que se suponía venía volando. Otro día se puso una capa y voló hasta Madrid para ver una corrida de toros.


    En 1599, una cofradía de arcabuceros de Torralba, compuesta por píos servidores de la Iglesia, lo denunció al Santo Oficio de Logroño por actos de magia y encantamiento, sus asistencias a tertulias de tranquilladores, peleires, aquelarres y, sobre todo, su presencia en el lugar donde se ocasionó la muerte del conde de Aguilar (que no tuvo intervención directa) motivaron su prisión por el Tribunal de la Inquisición de Logroño, figurando entre las causas que se celebraron «La cieguecita de Viana» y «Los brujos de Zugarramurdi». Apenas lo prendieron, logró desaparecer de los calabozos y regresar a Bargota como si nada hubiera sucedido.

    Poco antes de iniciarse el célebre proceso a los brujos de Zugarramurdi los días 7 y 8 de noviembre de 1610, volvieron a prenderlo, esta vez en compañía de un convento hechiceril que tenía su sede en Viana y que celebraba sus reuniones cerca de la laguna de las Cañas, en el llamado prado de Barragán.

    La Inquisición pudo prenderlos gracias a una colección de conjuros que encontraron en los sótanos de la casa del conde de Aguilar, que había muerto en extrañas circustancias poco tiempo antes. La reina de aquel aquelarre era una muchacha ciega de Viana a la que llamaban "La Ciega Endregoto"; y el cura Ioannes no se mostró reticente a la hora de confesar sus debilidades y sus relaciones con aquel conventículo.

    Parece ser que contó con detalle ("vestido de loba y ferruelo de luto, con una vela amarilla en la mano y con un sambenito doble colgado al cuello, en el cual se leía: Señor, perdonad al nigromante") cómo discurrían sus reuniones, los caminos que seguían para acceder a la laguna y hasta el tipo de escobones que utilizaban en sus desplazamientos, cuando no tenían a mano murciélagos o búhos o esqueletos de animales que les transportasen.

    Contó incluso que, ya reunidos en el lugar previsto, a las once y media de la noche sonaba un trueno terrible que les anunciaba la presencia inmediata de Satanás y que a las doce comenzaba la misa negra, que se prolongaba hasta el segundo canto del gallo.

    Lo curioso de aquel proceso es que, mientras sus compañeron fueron condenados a penas severas (aunque ninguno fue quemado), el brujo Ioannes apenas fue condenado a un leve sambenito y a la obligación de cumplir una penitencia en oraciones. Después de cumplir la pena de prisión regresó a su pueblo natal de Bargota, después de un ejemplar arrepentimiento.

    Se comentó que tenía un padrino muy especial que lo protegía desde el anonimato, al parecer porque se trataba de una alta personalidad de la corte a quien el brujo había puesto sobre aviso de un grave atentado del que, gracias a él, pudo salvarse.




    capitel de la iglesia de Sta. María



    También se le atribuye la construcción en una sola noche de los corrales de Arenchu. Se cuenta que le ayudaron los "enemiguillos" que encerraba dentro de un canuto.

    Se dice que fue un obispo, Antonio de Guevara, quien demostró que existió históricamente el brujo de Bargota. Los últimos estudios realizados demuestran que existió en el siglo XV, pero no en el siglo XVI. Por eso no aparece en los textosos recogidos del proceso inquisitorial que se llevó a cabo en Logroño.

    Todas sus historias están recogidas en el libro del sacerdote Agapito Martínez Alegría, canónigo de la Real Colegiata de Roncesvalles, en su obra "La batalla de Roncesvalles y El brujo de Bargota" publicada en 1929. Entre los temas que aborda: Reunión de brujas en akelarre cerca del pantano de Salobre, El brujo y Endregoto (la bruja y ciega del arrabal antes mencionada); Muerte del Conde de Aguilar y condena de Endregoto a la hoguera en Longar; Construcción en una noche de los corrales de Arenchu; El vasijero, las perdices y los clérigos de Viana, Juanis y el toro...





    La historia de «La cieguecita de Viana» con el asesinato del conde Aguilar, es una narración alucinante de dos seres sumidos en la locura. Condenada a la hoguera por orden del Santo Tribunal de la ciudad de Logroño, no fue castigada por bruja, «sino por haber usado venenos, por haber dado espantosa muerte a un anciano venerable de la nobleza de la ciudad de Viana...»










  • Existía la creencia de que tras el portal de Estella, al este de la ciudad, y en su interior habitaba un dragón de siete cabezas llamado Trampón.









  • La historia del "Gran Alamán".


    En el año 1439, llegó a Viana una corte formada por una princesa llamada Agnés y su hermano Johan. En su séquito había un bufón al que se le conocía como el Gran Alamán. El bufón medía más de dos metros y pesaba unos doscientos kilos y su labor consistía en alegrar con su presencia a sus señores e invitados, para ello realizaba las piruetas y las contorsiones más increíbles.

    Cada noche al irse a dormir, se encerraba en la cuadra y dormía sobre un lecho de paja, pues no había cama lo suficientemente grande para él. Desde un extremo de la cuadra miraba la puerta, en la que dejaba colgada en un clavo la sonrisa falsa que se ponía cada día.

    Al despertar el alba, el Gran Alamán se levantaba y recogía la sonrisa del clavo de la pared, para dirigirse a los aposentos de sus señores. Así comenzaba la dura y larga jornada, que se repetía cada día del año. No le importaba que la gente se riera de él, ya que estaba enamorado de la princesa Angés, y aunque no se atrevía a declarle su amor (ya que él era sólamente un bufón y ella una princesa) la sonrisa y la alegría de la princesa era suficiente premio.

    Pero llegó un día en que la princesa enfermó de tal manera, que los médicos de la corte no encontraron ningún remedio, y ésta quedó limitada en la cama con altas fiebres y dolores. El bufón, triste por el estado de la princesa, y al no poder alegrarla y aliviar sus males, debido a la ansiedad comenzó a atiborrarse de comida y a engordar, de tal manera que con el ánimo decaído y el excesivo peso, ya no podía saltar y brincar como lo hacía antes, así que un día el príncipe Johan le retiró el título de bufón. Ese mismo día al anochecer, la princesa casualmente falleció y el "Gran Alamán" al enterarse por un sirviente de lo acontecido, bajó a la cuadra, dejó la sonrisa en el suelo y se lanzó con todas sus fuerzas contra el clavo, quedándose colgado de cara y por la frente, formando un gran charco de sangre en el suelo.

    Unos dicen que decidió quitarse la vida al haber sido desposeído de su título de bufón, otros por no haberse atrevido a declarar su amor a la princesa en vida, otros que resbaló y por accidente quedó colgado perdiendo la vida... De lo que estamos seguros como nos cuenta Xabi Larrañaga, en el artículo donde recogemos la historia es que "el chistoso que hacía reír al prójimo se hacía llorar a sí mismo."





  • La Cotorra de la Familia Correa.

    La Familia Correa, vivía en el número 20 de la calle Abajo de Santamaría y estaba formada por Manolo y Pepita, y sus ocho hijos, además de una cotorra llamada Bernarda.

    Bernarda era una cotorra blanca con plumas rosas en la cola y en las alas. Cuando llegó a casa de los Correa todo fue ilusión y alegría pues los hijos de Correa siempre habían querido tener una mascota.
    Pronto descubieron que la cotorra tenía mucha facilidad pra hablar y pedir todo aquello que se le antojaba. Cuando le ponían alpiste, ella decía: "Alpiste no, ¡grua!, chorizo de Manuelillo ¡grua!.

    Los niños se reían mucho con ella, le abrían la portezuela de su jaula para darle un pedazo del bocadillo de chorizo y Bernarda, que no era tonta, se fijaba como éstos abrían la portezuela. Así que un buen día esperó a que llegara la noche y con una pequeña maniobra de su pico ¡clank!, abrió la puerta y escapó.

    Volando, llegó hasta la despensa donde no sólo comía chorizo sino que arrasaba todo lo que podía, luego muy pesada volvía a su jaula para dormir.

    A la mañana siguiente, se levantó la señora Correa y de un chillo despertó al vencindario. Disgustada vio cómo la despensa, de la noche a la mañana, estaba vacía.

    - "Seguro que han sido los ratones" - pensó, y mandó a su marido corriendo a la tienda de Barragán a comprar cepos para ratones. Mientras los hijos miraban a la cotorra y comprobaban que en todo el día ésta no había abierto el ojo. ¿Estaría malita?.

    Así sucedió una y otra noche, hasta que el señor Manolo se dio cuenta que los cepos estaban intactos y que ningún ratón había caído en la trampa. De esta manera creyó que no eran los ratones, eran los gatos los culpables de su desgracia. Sin perder un segundo llamó a Hilario Ábalos, el cerrajero, y le pidió que pusiera una cerradura en la puerta de la despensa.

    La señora Correa se colgó la llave en el cuello, de esta manera se aseguraba que nadie podría entrar en la alacena. La pobre Bernarda, a la que se le acabó sus escarceos nocturno no le quedó más remedio que dormir por la noche.

    Pero ahí no acabó la cosa, ésta seguía haciendo de las suyas. Un día escuchó al carbonero que iba por la calle gritando... "el carboneeero", que era como se anunciaba este señor por las calles para avisar a las vecinas que cargaran de carbón (pues se utilizaba para encender el fuego del hogar). Los vecinos se asomaban al balcón y gritaban "sube un saco al segundo", una señora se asomaba por otra ventana y decía "yo también quiero otro". Bernarda aprendió a imitar muy bien la voz de la señora Pepita y decía:

    - "Súbeme otro al primero".

    Cuando el pobre carbonero subía se encontraba con Pepita, que tenía que disculparse mil veces por la fechoría de la cotorra. Cuando el carbonero se iba la señora gritaba: "Bernarda como no te calles el día de San Felices te comeremos como a las perdices". Pero Bernarda no hacía ni caso, sólo pensaba en comerse el chorizo de Manuelillo, así que cuando Pepita se ponía a cocinar, la cotorra permanecía bien atenta para saber en qué puchero echaba el chorizo y cuando Pepita se ausentaba unos minutos de la cocina, la cotorra abría la portezuela y decía:
    - A por chorizo ¡Grua!.

    Había metido tantas veces la cabeza en el puchero que el cogote se le había quedado pelado pues cada vez que metía la cabeza en el puchero, la tapa de éste se le caía encima y la pobre cotorra estaba más calva que una bola de billar.

    Un día, fue el médico, Don Herminio, a casa de los Correa pues una de las hijas se había puesto enferma y cuando vio la calva del médico dijo: "por ladrón, por ladrón (grua) por comer chorizo como yo.

    La señora Correa se puso de todos los colores y le dijo:

    - "Bernarda la próxima vez que me hagas enfadar el día de San Felices te comeremos como a las perdices".

    Pero Bernarda sólo pensaba en el choricillo tan bueno que hacía Manuelillo, así que cuando Pepita estaba durmienndo, la cotorra salía de su jaula y con mucho cuidado soltó la llave que la señora Correa tenía colgada del cuello. Más tarde se dirigió a la despensa y allí "a por chorizo ¡grúa!.

    Pero una noche que la señora no pudo dormir y estaba dando vueltas pensando quién se llevaba la comida, vio y se fijó cómo la sinvergüenza de la cotorra vaciaba su despensa. Así que el día de San Felices, la señora Pepita, puso agua acalentar y cuando hacía plof,plof, abrió la portezuela de la jaula, agarró a la Bernarda por el cuello y en un movimiento rápido la metió en la perola y el día de San Felices, la familia de los Correa comieron... perdices auque cada vez que se llevaban el tenedor a la boca se oía... "a por chorizo (grua) a por chorizo (grúa)......

    Los personajes que aparecen en esta historia son verídicos. También es cierto que la familia Correa tenía una cotorra que hablaba (pedía chorizo y llamaba al carbonero) y tenía la cocorota pelada por meter la cabeza en los pucheros. La documentación y recopilación, así como la elaboración de esta historia es obra de Unai Esparza.





  • La Casa de Nieve (Nevera de San Lorenzo o San Llorente).

    Hace muchos pero que muchos años, cuando nevaba en Viana, la nieve era motivo de alegría, pues la nieve se compraba y se vendía.

    La nieve tenía infinidad de utilidades: cuando un niño tenía fiebre se le ponía un poco en la frente y así ésta bajaba. También aliviaba el dolor de cabeza, o cuando se fracturaba un pie o un brazo, para evitar que éste se inflamase se le ponía un poco de nieve. Hoy en día el hielo se coge del congelador, pero es que antes no había frigoríficos.

    Pero la nieve servía para muchas otras cosas, no sólo para curar. En verano cuando más calor hacía, sobre todo en fiestas, a los vianeses les gustaba comer helados de limón y mantecado, también la empleaban para elaborar y enfriar otros muchos refrescos. Los niños eran los que más disfrutaban con los helados que se hacían con la nieve caída en el invierno.

    Me imagino que os preguntaréis dónde se conservaba la nieve, pues a nada que subía la temperatura, la nieve se deshacía. Así que había que buscar un lugar apropiado donde conservarla con todas sus propiedades y cualidades. La nieve se guardaba en neveras, o casas de nieve. Cerca del centro de la ciudad de Viana se conserva una: La Nevera de San Llorente. Allí en el parque de Santa María, conocido también como San Llorente, al lado en el fondo, en una casa que antes fue un torreón defensivo de la muralla de la ciudad, junto a una fuente, se encuentra la Nevera de San Lorenzo, donde antiguamente se guardaba la nieve.

    El responsable de esa nevera era Ignacio Díez, al que todos conocían por Copete, y era el encargado, invierno trás invierno, de llenar la bodega de la nevera. Copete era el único con derecho de poder venderla, pues la persona que vendiese nieve sin permiso de Ayuntamiento, era sancionado con una gran multa. De esta manera, todos los inviernos, Copete llenaba la bodega, y en verano la limpiaba y la preparaba para el siguiente invierno.

    Muchas veces, la nieve no caía en Viana, así que Copete tenía que ir con caballos a recogerla a las sierras. Luego la introducía en la bodega. Primero ponía una capa de sarmientos, para que la nieve no estuviera en contacto con el suelo, luego encima de éstos colocaba una capa de nieve bien prieta, y encima de la capa de nieve, una capa de hierba seca, y sobre ésta otra capita de nieve bien prieta, y así, unas cuantas veces hasta llenar la bodega.

    Pero en el invierno de 1736, sucedió que no nevó ni en Viana ni en la sierras de los alrededores. Copete estaba muy preocupado, pues la nieve era muy importante para los vianeses. Comprobaba una y otra vez, cómo se iba acercando la primavera, y cada vez era más complicado ver caer los preciados copos blancos, pues la temperatura iba subiendo y la nieve, tan caprichosa que sólo cae cuando hace 0 grados, no aparecía.

    Copete estaba muy preocupado, sólo imaginar la cara de los niños cuando no pudieran comer helados en el caluroso verano, sólo con pensar eso, se le hacía un nudo en la garganta. Así que desesperado, decidió hablar con la Virgen de Nieva (que ese mismo año había sido trasladada desde la localidad de Nieva en Segovia y de quien decían, tenía capacidad para obrar milagros), y pedirle que por favor, bajase las temperaturas, que de lo demás, ya se encargaría él.

    Después de hablar con la Virgen de Nieva, fue directo al hojalatero y le pidió que le construyera una regadera muy grande en la que cupieran litros y litros de agua.
    Cuando tuvo la regadera en sus manos, la llenó de agua, y en el parque de Santa María, clavó un palo muy alto donde colgó la regadera llena de agua.

    Mientras tanto, Copete iba analizando con preocupación el tiempo, no pasaba nada. Pero repentinamente, notó un escalofrío, comprobó en su piel cómo la temperatura iba bajando. No se lo podía creer, hasta que vio que se las plantas se estaban helando, lo que afirmaba que se acercaba ya a los 0 grados. Fue cuando Copete con una cuerda, hizo girar la enorme regadera provocando que desde lo alto fuera cayendo el agua, de tal forma que antes de llegar a tocar el suelo, se estaba convirtiendo en hermosos copos de nieve. El parque entero se convirtió en un grueso manto blanco, y durante toda la noche, Ignacio fue cargando y guardando la nieve en la nevera de San Lorenzo.

    Así se explica cómo en el Verano de 1736, gracias a Copete, el único lugar de las proximidades donde nevó fue en Viana, y los niños de Viana fueron los únicos afortunados que pudieron tomar helado de limón y de mantecado.


    Autor: Unai Esparza. Dedicada a Juan Cruz Labeaga, muchas gracias por tus investigaciones.






  • Los Juglares (El ciego Gañía).

    Como veis el camino era lugar de encuentro de gentes bien distintas, los había buenos, pero también malos, malandrines, salteadores y truhanes que eran los protagonistas de las historias que los juglares contaban a ritmo de viola.
    Los juglares, normalmente eran personas que tenían algún problema que les impedía trabajar como el resto (eran ciegos o cojos) o simplemente preferían contar historias y ganarse alguna monedilla que trabajar duramente las tierras. Entraban en los mesones y decían:


    “Señores aquí tenéis al juglar
    Darle una limosna por la historia
    que les voy a contar”.

    Así era como entretenía a los caballeros y campesinos con historias de ladrones y salteadores de caminos. Historias que inicialmente eran ciertas pero para darles más emoción e intriga, el juglar exageraba los sucesos haciendo así más interesantes las historias.

    Los juglares contaban mil historias:

    “Les hago saber a sus señorías, que en Viana un pilluelo dos pellizas birló.
    De cuero eran y de plata sus botones de gran esplendor.
    El briboncillo muchas luces no debía tener
    pues muchas pruebas dejó trás él”.

    El ladronzuelo dejó tantas pistas que enseguida lo apresaron para llevarlo a prisión pero…

    “En Viana sepan caballeros que no hay mucho ladrón,
    pues en toda la noble ciudad no hay una sola prisión”.

    Era cierto lo que el juglar cantaba, pues en Viana no había una cárcel donde meter a los ladrones y demás malvados. ¿Qué harían con los presos?.
    “Sepan ésto caballeros que es verdad,
    que en Viana una casa hubo que alquilar
    para a los ladrones y malvados poder encarcelar.”


    El juglar contaba una gran verdad y es que, al no haber cárcel tenían que alquilar una casa de un particular, donde encerraban al ladrón que normalmente encontraba la forma de escapar antes de que fuera juzgado.

    “Al bribonzuelo en casa de Nicasio lo metieron
    y al día siguiente en la picota la pusieron.”

    Ya decíamos que el ladronzuelo no debía tener muchas luces, pues al día siguiente al pobre en la picota le pusieron. La picota era un palo que colocaban en medio de la plaza, donde ataban al ladrón tanto de los pies como de las manos. Luego todo el pueblo iba a recriminarle sus actos, después lo soltaban y el pobre desgraciado, muerto de vergüenza, se iba lejos de la ciudad.

    Como podéis ver las historias de juglares y el Camino de Santiago son muchas y no solos en la época medieval.

    Existió hacia 1865 un ciego de Viana llamado Gañía, que a similitud de los juglares, recorría con una guitarra los pueblos de Navarra, recitando en las plazas las letrillas de San Antonio, el romance a la muerte del torero o las coplas del último crimen. En nuestro caso, más que cantar, con una voz gangosa, agria y abominable:

    "Entra la luna en tu cuarto y con ella te diviertes".

    Las mozas, chungonas, le pedían que repitiese. Y él, que no andaba escaso de humorismo, contestaba:

  • De lo bueno, poco.

    Tenía un perro lazarillo un poco picarón, que era el mismo demonio. Una vez, al intentar el ciego saltar sobre una acequia, le hizo brincar tan a destiempo que cayó a medio del redajo.

    Otra historia que contaba era las fechorías de dos malvados ladrones que rondaban por la zona de Viana a finales del siglo XIX. Se decía que eran incluso capaces de matar por conseguir un trozo de pan.


    Texto extraído del cuento "Panturro y Rasca" de Unai Esparza y de la obra "Ciego de Juglaría" de José María Lacarra.





  • Panturro y Rasca

    Gañía era un ciego además de gangoso que como un viejo juglar de medievo se dedicaba a contar con la ayuda de su guitarra las fechorías de esta pareja de ladrones desalmados. Esta pareja estaba formada por Panturro y Rasca. Panturro era un hombre fortachón y calvo, sólamente le quedaba pelo a ambos lados de las orejas. Tenía la cara redonda y por encima del labio inferior le asomaba tan solo un diente, bueno era feísimo, era horrible.

    Rasca era natural de Los Arcos era delgado y un poco marranote, vamos que no se lavaba nunca y como estaba muy sucio se pegaba el día arrancándose. Por eso le llamaban Rasca.

    Panturro era tan feo que esperaba a la noche para atracar a sus víctimas que del susto, le daban al feo todo lo que pedía y Rasca era tan delgado que podía colarse por cualquier rendija y así entrar a robar a todos los lugares que le venían en gana. Hacían un buen equipo y sembraban el terror en la comarca. Solo se dedicaban a hacer pequeños robos y esos no les sacaba de ser pobres, así que un día decidieron llevar a cabo un gran plan, sería el robo más grande de la historia.

    Tenían un plan grandioso para saquear la ciudad de Viana. Aprovecharían la mañana de un domingo invernal, cuando todos los vianeses estuvieran calentitos en misa. Rasca entraría sigilosamente en la Sacristía y cogería la llave de la Iglesia. Saldría de ella sin que nadie le viese, y luego volvería la puerta dándole con la llave dos vueltas a la cerradura, dejando a todo el pueblo encerrado. Ellos aprovecharían para entrar en las casas más ricas y llevarse de ellas todo aquello que fuese de gran valor.

    Ya estaba planeado todo, pero algo les hizo cambiar de opinión pensaron que Viana en realidad no era un pueblo, sino una ciudad y al ser ciudad, seguro que vivían muchas personas, así que lo mejor sería empezar por un pueblo y como Rasca era de Los Arcos, decidieron llevar acabo su plan primero en esta localidad.

    Panturro y Rasca tal y como habían acordado, se las apañaron para encerrar a todos los habitantes de los Arcos en la Iglesia a la hora de misa. Mientras tanto, entraron en las casas llevándose todos lo objetos de valor. Cuando los de los Arcos se dieron cuenta de que estaban encerrados con ayuda de los bancos de la iglesia tiraron la puerta abajo pero... Ya era demasiando tarde pues Panturro y compañía ya habían limpiado todo el pueblo.

    Los Arqueños todo indignados, supieron que era obra de la famosa pareja y decidieron ir en su búsqueda. Panturro y Rasca iban tan cargados de tesoros que no podían ir muy deprisa así que pronto fuero apresados por los vecinos. Panturro y Rasca pasaron el resto de sus días encerrados en la cárcel por sus robos y demás fechorías.


    Estas historias contaba Gañía y algunas quedaron recogidas en los libros que desde aquí os invito a leer.

    El verdadero nombre del Panturro era Nicolás Mendaza Chasco, durante mucho tiempo fue una pesadilla para los habitantes de la zona. Era tan bruto que en el año 1888 mató a un bargotano (Ezequiel Ocharte) y la Guardia Civil lo apresó y en la cárcel se pudrió.


    Texto extraído del cuento "Panturro y Rasca" de Unai Esparza.






  • Una tradición popular narra la historia del músico ciego vianés Roque de Dios.

    Sobresalió tanto, que llegó a estudiar en Madrid y tuvo hasta una orquesta propia






  • Según el clérigo y erudito Juan de Amíax (s. XVI-XVII), después de la muerte del apóstol Santiago (por el año 60 de nuestra era) vino a España San Pablo a continuar la evangelización.

    Fue Viana uno de sus lugares de predicación. Se dice que existía donde ahora está asentada la ciudad un oráculo dedicado a la diosa Diana. Entró el apóstol en el templo pagano y nada más comenzar ha predicar, el techo de éste se derrumbó. Sobre los restos, se construyó esta vez una ermita (dedicada al arcángel San Miguel y desaparecida en las guerras carlistas). A la entrada, encima de la puerta, una enorme losa con una inscripción decía: "Paulus, precor crucis, fuit nobis primordia lucis". Pablo, pregonero de la cruz, nos dio las primicias de la luz.





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